Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

El año 2017 llega a su fin, y con él, llega el momento de agradecer por los logros alcanzados, por la satisfacción de haber podido materializar algunos sueños, y por haber descubierto nuevas pasiones, en mi caso una muy especial;  poder disfrutar de la naturaleza en su forma mas salvaje y pura.
A comienzos de año, descubrí qué, aquí en la región, hay personas dedicadas a caminar por los bosques y montañas del país, fue un descubrimiento tan increíble que sembró en mí la inquietud de vivir la experiencia. Tanto pregunte sobre el tema, que al final recibí una invitación a mi primera caminata, fue una sensación de ansiedad total enfrentarme a esa primera aventura, tanto así qué, el domingo 23 de abril, estuve en pie a las 5 de la mañana en punto, sin necesidad de pelear con el despertador por 5 minutos más.
La ruta fue en el municipio de la Virginia, Risaralda. Pese a que en principio la caminata estaba calificada como nivel mediano, la realidad fue que al final del día la experiencia se convirtió en toda una aventura para no olvidar. La Virginia está en la frontera con el Valle del Cauca, por lo cual la temperatura es bastante alta, así que el sol y el calor hicieron estragos, también hubo momentos de desesperación cuando me vi perdida y no sabia como cruzar un alambrado, al no encontrar la puerta, en realidad  no había puerta, todos  habían cruzado el alambre por debajo y no me percate de ello. Para completar, no faltaron los encuentros con los animales, unos menos amables que otros, como la vaca que nos embistió, pero al final, la alegría se sobrepuso a todo y el hecho de cruzar por el Río Cauca en un medio de transporte tan rudimentario como la Garrucha,  y luego embarcar en otro anacrónico medio de traslado como es la llamada Brujitas, fueron el complemento perfecto de una aventura sin igual. Luego, para culminar con broche de oro un día sin precedentes, nada mejor que regresar a casa en el típico transporte de la región: la Chiva, y mejor aun, en zona VIP, en su techo. Creo que en mi vida imagine sentir tantas emociones y descubrir tantas cosas en un solo día.


Pero como lo bueno hay que repetirlo, probé mi suerte nuevamente en una segunda caminata. El recorrido fue desde la zona del Cedral, en el corregimiento de la Florida, Risaralda, hasta el municipio de Salento en el Quindio. 

Confieso, que sentí morirme en más de un tramo, sobre todo cuando las cuestas arriba parecían interminables, y mas que subir por la ladera de una montaña,  sentir  como si estuviera trepando por una pared, pero al final, los paisajes cafeteros de ensueño paliaron todas las penas del cansancio físico.

Y aunque con todo lo vivido bien me podría haber espantado, sucedió todo lo contrario: quedé enamorada de la aventura de caminar, así que decidí qué, antes de finalizar el año, debía probar por tercera vez las mieles del amor verde, el amor por la naturaleza, por el caminar sin calma pero sin prisa. A veces en compañía del grupo, otras en compañía de mis pensamientos. La tercera caminata fue en el municipio de Filandia, Quindio. Hicimos un recorrido de ida y vuelta a través de montañas y ríos con un ingrediente adicional que no había disfrutado: la lluvia.


Con mi tercera caminata comprendí que para poder hacer algo simplemente hay que querer hacerlo.
De todas las cosas que imagine algún día hacer, admito que una de esas era caminar por senderos naturales. Sin embargo, no lo tenía planeado como uno de mis propósitos para el 2017, pero estoy inmensamente feliz y agradecida con la vida por haber puesto esta maravillosa actividad en mi camino y  traer con ello la oportunidad de conocer a gente admirable, como los Amigos Caminantes de Pereira, quiénes, definitivamente, son lo que dicen ser: una aventura Posible.


Para ver mas fotos de los momentos mágicos que me dejo esta actividad de la cual deseo seguir disfrutando sigueme en Instagram como @rizosalvientoblog 😉


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