Cali, tan deliciosa como su dulce navidad.

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Que no se acabe el año sin sentir esa emoción de descubrir, conocer, experimentar, y asombrarse con lo nuevo, ese ha sido uno de mis propósitos estos últimos años  y por eso, antes que se acabara el 2016, teníamos que ir a algún lugar; no importa si es lejos o cerca, lo importante es viajar, y el último viaje del año 2016 fue a: Santiago de Cali!


Si bien Cali siempre ha estado en el ojo del huracán por estar incluida entre las ciudades más violentas del país, también es muy sonada en la última semana de Diciembre  por motivo de su Gran Feria, y, muy a pesar de su mala fama, son muchos  quienes la visitan para conocer el lugar donde nacen los grandes exponentes de la música salsa en nuestro país, no en vano se le considera La capital mundial de la Salsa. Pero además de  este evento puntual Cali tiene muchas cosas que mostrar.

Antes de viajar, como siempre, eché un vistazo en internet para hacerme una idea de las cosas que posiblemente podríamos visitar, y, ¡oh sorpresa!, encontré un montón. Mas como en internet fluyen y confluyen tantas historias, yo prefiero utilizar los métodos de la vieja usanza y preguntar a personas que hayan vivido la experiencia de conocer el lugar, o mejor aún  a locales.

Ya en ocasiones anteriores Cali había estado en el sonajero de las posibilidades de lugares a conocer, pero me habían dicho que no era muy recomendable por su inseguridad, esta vez pregunte, y me soltaron una lista grandísima de sitios por visitar, me dieron excelentes recomendaciones de la amabilidad de los caleños, y hasta me ofrecieron servicio de emergencia en caso que me perdiera, con lo cual tome esta anécdota como una señal, y no se diga más: nos fuimos pa Cali.

Mr. Chente que, como cosa rara, ya había estado en Cali, tenía localizado un hotel frente a la terminal de transporte en el cual finalmente nos alejamos,  y digo finalmente porque en cuanto llegamos a separar habitación NO había cupo, dimos una vuelta por los alrededores y no encontramos otra opción, así que decidimos ir a almorzar con la idea de que, cuando regresáramos, posiblemente ya habría alguna habitación disponible, o por lo menos con eso contábamos;  con suerte así fue;  teníamos ganas de almorzar algo especial y atravesamos Cali, en sentido Norte a Sur,  en busca de restaurantes en la vía que conduce a Popayán, cosa de lo cual nos arrepentimos más pronto que tarde.

El tráfico de locos que nos tocó con la gente saltándose los semáforos en rojo era para no creérselo y, por último, pasamos por un sector que por mucho que pregunté nadie supo explicarme que zona era, lleno de indigentes , uno de los grandes problemas que afectan a las grandes ciudades del país, y Cali no es la excepción; adicional, las calles aledañas, con inmensos agujeros,  se encargaron de ponerle la guinda al pastel, y aunque lo pasamos muy bien almorzando, de regreso al hotel el panorama no fue el más alentador, así que, cargados de ese estrés, decidimos dejar la moto en el parqueadero del hotel y movilizarnos en transporte público.

No  teníamos idea cómo llegar a la Iglesia La Ermita, que era lo primero que queríamos visitar, así que  fuimos hasta la Terminal de transporte a buscar un punto de información  turística de Fontur, que cuestión aparte son mi opción número 1, aquí un par de policías nos entregaron una guía turística de la ciudad y nos explicaron cuál era el recorrido que podíamos hacer en el centro. Después de ahí preguntamos cómo hacíamos para ir hasta el centro, y nos dieron la opción del MIO, pero como no teníamos tarjeta la otra era tomar un taxi, más se nos atravesó otra opción que no pensé que existiera en Cali: los camperitos, carros Willis que transporta gente hasta las afueras de la ciudad y, dado que pasan por el centro, también  llevan pasajeros del terminal hasta el cogollo de la población; teníamos que bajar en el centro pero nos pasamos; cuando el conductor cayo en cuenta nos alertó y nos indicó por donde podíamos seguir para regresar.
Con nuestro mapa en mano seguimos caminando y preguntando como hacíamos para llegar a La Ermita, una de las principales referencias turísticas de Cali, nos dijeron que siguiéramos caminando que no estábamos lejos, después de 15 minutos andando sin ver la iglesia volvimos a preguntarle a una agente de tránsito, la Sra., muy amable nos orientó e  insistió en que tuviéramos mucho cuidado, después de otros 10 minutos más de caminata, y siendo ya casi las 6 de la tarde, no encontramos la iglesia si no algo que me habían recomendado pero que no había tenido en cuenta: el alumbrado navideño en el Bulevar del Rio; una total  sorpresa que no esperaba y que finalmente nos  entretuvo y en eso, principalmente, consistió el paseo. Y es que Cali no es conocido por su tradición de alumbrados navideños, pero según lo que nos comentó un taxista  en  2016 la Alcaldía se lució.




No soy muy fan del tema de los alumbrados, pero he de decir que el concepto del alumbrado me encanto: Cali, Dulce Navidad; los árboles de navidad estaban decorados con turrones y caramelos, habían algodones de azúcar gigantes, y multitud de chupetas de colores. Me sentí en como en el cuento de Hänsel y Gretel.



Descansamos un poco, tomamos un café y seguimos caminando por todo el bulevar hasta que llegamos a La Ermita, que, lamentablemente, estaba cerrada. De ahí fuimos en busca de un lugar para comer, al no encontrar nada que nos llamara la atención, y siguiendo nuestra búsqueda, terminamos sin saberlo sentados en la Plaza Caicedo, la plaza principal de la ciudad.  Justo al llegar empezaba el show de Mapping, que se proyectaba en la Catedral de San Pedro Apóstol, más conocida como la Catedral Metropolitana de Cali,,  el cual disfrutamos por completo y nos fuimos, cual niños felices, a dormir después de vivir la magia de la navidad que nos regaló esa noche caleña.

El domingo salimos temprano a visitar otro de los lugares icónicos de la ciudad: El  Gato del Rio, otra vez tomamos otro camperito que sí nos dejó en la calle correcta para bajarnos y llegar a La Ermita, eso sí, tocó caminar más o menos seis cuadras por el centro de la ciudad atestada de vendedores ambulantes, que me hicieron recordar a mi querido Bazurto en Cartagena, ya que quede de una pieza cuando me di cuenta de que mientras nosotros caminábamos, por un espacio libre creyendo que era el andén, estábamos invadiendo la vía por donde  transitan los carros y que el andén en realidad, está invadido por los vendedores ambulantes. ¡Una locura!

Por fin llegamos a La Ermita, esta vez estaba abierta, tomamos fotos por dentro y por fuera y seguimos nuestra ruta en busca del Gato, mientras aprovechamos para disfrutar de día del paseo por el Rio Cali, un río cargado, sin lugar a dudas, de mucha historia.


Luego de pegarnos otra paliza caminando llegamos al Parque del Gato, nos tomamos las fotos de rigor, nos divertimos leyendo las historias de las novias del gato: 16 gatas (si mal no conté) que le hacen compañía en este pequeño espacio a orillas del rio, y con ganas de seguir visitando mas lugares, toco decirle chao a Cali y volver al hotel para descansar, aunque fueran 30 minutos, empacar y regresar temprano a casa antes de que el tráfico se congestionara.


Fue un paseo corto pero sustancioso, un delicioso abrebocas que nos mostró lo bueno de esta ciudad, su gente, su clima cálido como el de mi caribe (aunque sin llegar a la sensación térmica de los 40°), su naturaleza verde, de ese verde intenso que hechiza, que enamora y la multitud de sitios para visitar: como la plazoleta Jairo Varela, los miradores, museos, iglesias  y tantas cosas más que me recomendaron y que en este  viaje no pude conocer.

Una visita breve  a un lugar temido por muchos, debido a sus problemas de inseguridad, pero amada por muchos más, y aunque es cierto que hay que andar con cuidado, francamente pienso que hoy por hoy no hay lugar en el mundo que nos garantice plena seguridad, que ni siquiera metiéndonos en una burbuja de cristal podemos estar a salvo de nuestra realidad, y que no por ello debemos renunciar a viajar por esta tierra hermosa llamada Colombia, y mucho menos podemos renunciar a vivir….

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