#TakemeBack Cartagena

Llego la navidad, época de nostalgia, y no sé si es el frío de este invierno y las lluvias que caen sin cesar aquí en Pereira, que no dejo de pensar en esos días maravillosos que viví al calor de mi región caribe, así que, ya que ando en modo #añorandoando aprovecho para compartir este post que tenía pendiente por publicar y  les cuento un poco nuestro viaje en moto el pasado mes de Mayo desde Pereira a Cartagena por la Ruta del Sol, 1100 kilómetros de recorrido pasando por más de cinco departamentos de Colombia.

El Viaje: Un camino de rosas y espinas.

Dicen que la felicidad no es la meta es el camino, esta una frase que he oído muchas veces, para unos es cierta, para otros no pasa de ser un cliché. Yo prefiero no creerla cierta, más bien hacerla realidad disfrutando el camino de la vida, de las cosas, el transcurrir del tiempo que pasa antes de llegar a ese lugar que aspiramos alcanzar y es por ello que regresar a Cartagena de Indias haciendo una ruta tan larga en moto, si bien, fue un viaje que nunca imagine hacer (pensaba que al final viajaríamos en avión) lo disfrute al máximo, pese a los pequeños infortunios.

El viaje estaba previsto con meses de antelación, mas hasta última hora tal vez por el miedo intrínseco de la aventura, no  avise a nadie, así que a aquellos que no los alcance a visitar mil y mil disculpas, realmente solo hasta cuando me vi en el semáforo de Ternera caí en la cuenta de que era una realidad, habíamos viajado y sobretodo habíamos llegado: estaba en Cartagena.

20 de mayo. Salimos de Pereira a las 6 de la mañana, una hora más tarde de lo previsto (como siempre), y empezando el recorrido, comenzaron los sustos, primero entrando  a Manizales, nos encontramos el primer percance que por suerte no afecto a nadie, a un lado de la vía, frenado por el separador de carril reposaba una especie de anillo gigante de cobre que se soltó del camión de carga que lo transportaba, solo pensar que esa rueda hubiera podido seguir bajando por la vía y arrollarnos o algo así, quede perpleja.

Seguimos nuestro camino y el GPS (bendito aparato) nos indicaba la ruta por el centro de la ciudad, la cual es peatonal ,con lo que al hacer un giro que no nos dimos cuenta era prohibido, nos vimos frente a un coche (segundo susto), cuando por fin salimos de Manizales, llegamos al Parador Turístico La Esperanza el cual se encuentra a 3400 msmm y es como nos comentó la dueña del lugar una zona de climatización antes de subir al Nevado del Ruiz,  y valla que sí, porque ¡qué  frío el que hace! , te hiela los huesos,  eso sí los paisajes son hermosos y …aquí se nos embolató la cosa…

Lo que en principio sería una parada a tomar café antes de subir el Alto de las Letras se convirtió en una varada monumental que por poco nos hace cancelar el viaje: la moto se calló y se le rompió el manubrio del embrague (clush), así que quedamos que ni pa lante ni pa tras.  Afortunadamente justo en el momento del incidente había en el lugar una excursión de universitarios,  por el acento “cachacos”, que nos ayudó a levantar la moto y a parquearla sobre el caballete en tanto nosotros mirábamos que hacer. La primera opción fue llamar una grúa, lo que implicaba además de un desbarajuste en el presupuesto, regresar a Pereira y quizá olvidarnos de ir a la Costa, pero como dicen por estas tierras :”es mejor tener amigos que plata”,  un amigo nos ayudó y nos envió a un colega suyo desde Manizales hasta el parador con el repuesto y las herramientas para arreglar la moto a mitad de  precio de lo que nos costaba la grúa, yo estaba que no me la creía y la felicidad de poder seguir con los planes me desbordaba. Señores: Los ángeles existen!

Después de casi tres horas varados, emprendimos el camino rumbo a Mariquita (Tolima), siguiente parada bajando el Alto de las Letras, este alto contrario al Alto de la Línea, no produce tanta sensación de vértigo puesto que en el punto más alto encuentras un pueblo llamado Las Letras y de hecho se disfruta de las hermosas vistas del páramo pero sí es más extenso el recorrido que se hace hasta que llegas al descenso de la cordillera, pasado el municipio de Fresno empezó el descenso y ese sí que me dio duro, curvas , curvas y más curvas… ¡QUE HORROR! Hacía mucho tiempo que no mareaba en un viaje ni sentía nauseas, y aquí las sentir. L

Llegamos a Mariquita a almorzar, luego de la parada técnica y necesaria para aplacar mi mareo continuamos rumbo a la Dorada (Caldas)-Honda- Puerto Salgar -Puerto Boyacá- Puerto Araujo hasta llegar a un punto llamado vereda La Lizama, cerca de Barrancabermeja donde hicimos noche en el Hotel Maitama.

21 de mayo. Madrugamos más de lo normal, ya que en la zona donde estábamos había una gran concentración de tractomulas y policía antimotines en la víspera del paro de transportadores, así que antes de quedar atrapados por un cierre de vías o algo así, cogimos carretera;  el sol naciente nos indicó el camino y es que la Ruta del Sol hace todo un honor a su nombre, el astro rey nos acompañó toda la jornada iluminando nuestros rostros;  para muchos es idílico ir por una carretera con el sol calentándote la cara, pero la verdad es que la incomodidad para ver es horrible y el calor desesperante. Llegamos hasta La Pelaya, un pueblo  antes de  Aguachica (Cesar) donde paramos a desayunar, seguimos sin parar acompañados del calor inclemente hasta Bosconia, luego tomamos la vía que conduce hacia Plato (Magdalena) donde almorzamos al pie del monumento del Hombre Caimán y desde allí  continuamos hasta el Carmen de Bolívar- Arjona-Turbaco  y por fin: llegamos a Cartagena a las 4 pm. ¡QUE FELICIDAD!

Cartagena: Volver de “turista” a un lugar que ya conoces.


22 de mayo. Después de dos años conviviendo con  personas  para las cuales la palabra Cartagena  es sinónimo de vacaciones, playa, brisa y mar; regresar al Corralito de Piedra, mi segundo hogar, la ciudad  que me acogió durante 10 años, fue una sensación envolvente de sentimientos contradictorios.

Por un lado fue la sensación de encontrar esa Cartagena como destino turístico y vacacional, por otro fue  encontrarme con aquella ciudad que alberga ese montón de cosas  que tanto había echado de menos (el color del mar turquesa que divisaba a lo lejos desde la ventanilla del autobús los sábados a medio día cuando regresaba del trabajo a casa en el recorrido por la avenida Santander a la altura de Marbella, disfrutar de un atardecer desde las murallas y sentir levitar en el infinito sonido del viento y de las olas que rompen en el malecón, caminar por las calles del casco viejo y sentir el calor húmedo de la ciudad) y fue esa sensación de asombrarme con  algo que otrora fuera tan cotidiano y mio, lo que  me hizo sentir como si fuera la primera vez que estuviera ante ellas, de tal suerte que las admirara  cual turista que visita por primera vez la fantástica.


Creo que volver de “turista” a un lugar que fue tu casa, brinda la oportunidad de disfrutar doblemente de todo lo que ya conocías, de descubrir nuevas cosas, de  encontrarte ante el placer de reconocer un lugar que hace mucho tiempo conociste pero que no recordabas cuan bello era y redescubrirte a través de las emociones  que dichos encuentros generan.

Y así en medio de esa multitud de sentimientos y sensaciones al despuntar la mañana del domingo decidimos irnos inmediatamente para playa, dado que estábamos cerca a la salida al puente Barú, aprovechamos para conocer  Playa Blanca. Desafortunadamente , la experiencia no fue tan placentera como esperábamos, la playa no estaba muy concurrida pero el desorden que hay de los señores ofreciendo paseos en la salchichas, más las lanchas que llegan con turistas y no tienen un punto de desembarco en la playa sino que se va metiendo por en medio de la gente que está dentro del mar me resulto muy incómoda e insegura, el sol de pleno medio día nos quemó de sobremanera y por ultimo Mr. Chente se luxo el tobillo así que de las bellas y cristalinas playas no pude tomar mi media foto, aunque lo que si alcance a disfrutar fue de una típica Sopa de pesca’o.

23 de mayo. El lunes pudimos degustar de un  suculento desayuno que nuestra amiga Gladys quien nos brindó alojamiento en su casa, nos preparó: Mojarra Suda. Yo me la comí sin chistar, y no diría la comí, más bien la deguste en toda la extensión de la palabra. A continuación del banquete toco salir con Mr. Chente para una clínica a ver que tenía en el pie, pero afortunadamente después de pasar toda la tarde en ese plan, la cosa no resulto ser tan grave así que con analgésicos , antiinflamatorios y una tobillera pudimos seguir con nuestro itinerario, y para no dar el día por perdido aprovechamos la noche para degustar un rico Coctel de Camarón, donde modestia aparte además de saciar mi paladar el señor encargado del establecimiento me regalo la dosis de vanidad para todo el año, resulta que al pedirle dos cervezas me refuto : ¿ tú puedes tomar? Sentí una alegría enorme, a la par que le contestaba que sí,  orgullosa de mis 29 recién cumplidos, pero el señor con cara de incrédulo me reparo y me hizo gesto de:  no te creo. ¡Definitivamente eso me hizo la noche! Y es que… ¿a qué mujer no? J

24 de mayo. El martes fue el día para disfrutar de Cartagena,  satisfacer mi lista de antojos de sabor caribe y también mi lista de deseos. Empezamos por donde debe ser, un buen desayuno Cartagenero con arepa de huevo, carimañola y empanada, les diré que quede a reventar pero la ocasión lo ameritaba.

Luego, nos fuimos a  caminar por las calles del casco viejo, a medio día almorzamos en el Restaurante La Mulata, un lugar donde se puede disfrutar de los sabores del caribe y que relación calidad precio está muy bien;  Mr. Chente pidió una Lujuria del Mar que vino acompañada de arroz de coco, pescado, ensalada fresca y patacón; yo pedí una Posta Cartagenera acompañada de lo mismo, y para rematar un jugo de corozo! En conclusión, un súper almuerzo para repetir una y mil veces.


Del restaurante salimos directo al Portal de los Dulces en busca de una alegría, me costó encontrarlas y cuando creí que no había, observe en uno de los puestos esas hermosas pelotas de palomitas de maíz con  mela’o de panela, que solo verlas me hicieron agua la boca y sacie un antojo que llevaba a cuestas hacía mucho tiempo.

Aproveche que frente al Portal de los Dulces, en la Plaza de los Coches había una feria artesanal y compre una manilla que me gustó mucho: un hilo rojo con un pescadito plateado, que me recordó a los pescaditos de oro que elaboraba el Coronel Aureliano Buendía, y por ultimo nos fuimos hasta el Restaurante Sacramento en el Parque Simón Bolívar para satisfacer el antojo de Mr. Chente que con el tobillo adolorido y todo se aguantó la caminata, para culminar así nuestra tarde en el balcón de este acogedor restaurante disfrutando un Gin-Tonic.


De  camino a casa  encontré el punto de información turística donde pedí el respectivo mapa del cetro histórico, los cuales colecciono a modo de souvenir. Y como si la vida no se cansara de sonreírme, para concluir un día espectacular, cenamos los mejores patacones que hacía muchos días no me comía hechos por mi prima Ele, acompañados del mejor queso que he probado en mi vida, el queso de mi Arenal, hecho en la finca de uno de mis tíos, y bueno… se preguntaran que si con tanto comer estuve así tan campante,  y la verdad, he de confesar que antes de dormir tuve que tomarme una sal de frutas y de hecho esa noche no dormí con la indigestión pero si me preguntan que si  lo volvería a hacer, mi respuesta es: si, lo haría.

Y es así, cuando pasan todo este tipo de situaciones que se salen de lo previsible y que aparentemente te dañan los planes, que  ratifico la veracidad de esta frase:

La felicidad no es la meta es el camino” y yo le agrego: Pero sobre todo es la disposición que tengas a ser feliz por ese camino.

Miércoles 24 de Mayo. Próxima Parada en el siguiente POST. ;-)





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