Viajar hasta donde llegue el presupuesto


Fue hace dos años cuando el gusto por viajar despertó en mí de la forma menos esperada, salí de viaje por casualidad, sin planearlo ni esperarlo y regresé con la  convicción de que la vida sin viajar y  descubrir el mundo que te rodea no es vida,   de tal suerte que creo haber comprado con aquel viaje el tiquete de ida y a la fecha considero  que no he regresado y tampoco me planteo regresar.
Eran mis  cuartas vacaciones desde que había empezado a trabajar en la empresa donde laboraba y nunca antes  había pensado siquiera, aprovechar ese tiempo  para conocer nuevos lugares, así que, cuando mi entonces recién estrenado novio (ahora esposo) me invito a acompañarlo a la frontera Colombo Venezolana, me ilusione mucho con el viaje y sin dudarlo, acepte.
Salimos el sábado 13 de Julio desde el terminal de transporte de Cartagena en las horas de la tarde,  aunque no teníamos claro cuantos días estaríamos en Cúcuta, tampoco teníamos previsto una fecha  de regreso,  la premisa del viaje era: “Hasta donde nos llegue el presupuesto”.

No llevábamos reserva de hotel y el equipaje de los dos era una mochila en la cual iba su ropa y la mía que constaba tan solo de un jeans, un short,  tres camisetas, un saquito para el frio  y un par de zapatos adicional a los que tenía puestos; confieso que  empaque de todo un poco por si acaso, porque pese a ser muy amiga de preguntarle todo a “Don Google”, no se me ocurrió consultarle antes del viaje como era el clima en Cúcuta, aunque para mi fortuna no tuve inconvenientes con la temperatura de la ciudad, ya que se encuentra  ubicada en un valle a 360 msnm con lo cual el calorcito se me asemejo mucho al de Cartagena.
Por último y no menos importante fue el presupuesto del viaje que era  $1.000.000 , suma que a mí parecer era  perfecta para pasar un fin de semana entre transporte , hotel, comida y algún gasto adicional, no una semana como fue, el total de días que duró  el paseo, la verdad es que nos rindió y mucho.
Bajo esas condiciones, yo que hasta ese entonces solo había viajado a Barranquilla o Santa Marta, siempre con la dirección del lugar a donde iba en mano y sin preocuparme por el hospedaje,  obvie todas las circunstancias y me dedique a disfrutar de lo que para mí era : una aventura.

Llegamos a Cúcuta el domingo a la 1 de la tarde,  tomamos un taxi en el terminal y le pedimos que nos llevara a la zona hotelera; Vicente ya había estado en Cúcuta,  así que yo hasta ese momento estuve tranquila porque sabía que él algo conocía de la ciudad. Llegamos al primer hotel que vimos  a preguntar  el precio de la habitación y nos dijeron: $150.000, preguntamos en  el siguiente hotel  y costaba $120.000, preguntamos en un tercer hotel y el precio no bajaba de $100.000 por lo que yo, al ver que los precios de hospedaje no se ajustaban al presupuesto que teníamos de $50.000 por noche (cosa que me parecía imposible conseguir) me empecé a preocupar, y es  que después de 17 horas de viaje, lo único que añoraba era una cama donde descansar, hasta que por último, le  preguntamos a un vecino de la zona por  un hotel económico cerca del lugar y éste muy amablemente nos indicó donde quedaba un hotel triple B (bueno, bonito y barato): El Hotel Caravana, así que, salvada por la campana.
 Al llegar me encontré con una habitación sencilla pero limpia que satisfacía mis necesidades inmediatas: una cama y un baño.  De lo anterior les puedo decir que de esa primera experiencia  en busca de un hotel comprendí que lo esencial para un viajero cuando de encontrar un lugar donde descansar se trata es hallar  una cama y un baño limpio donde asearse, las demás comodidades aunque son confortables,  son perfectamente prescindibles cuando el cansancio apremia.
Dado que el motivo del viaje era renovar el permiso de estadía de Chente en Colombia, y una manera práctica de hacerlo es saliendo del país  e ingresando de nuevo como turista, el lunes a primera hora cogimos un taxi que nos llevó hasta el puesto fronterizo de migración Colombia, allí hicimos el primer paso: sellar la salida del país, luego tomamos un colectivo venezolano  pirata que nos llevó a San Antonio del Táchira,  y es que a pesar de ser un paso fronterizo, el cruce de la frontera no estaba estrictamente vigilado,  así las cosas este pechito costeño llego hasta Venezuela sin pasaporte, esto obviamente es impensable a día de hoy con todo lo que ha pasado, pero bueno, les sigo contando, cambiamos pesos colombianos por bolívares, luego desayunamos en una cafetería y por último fuimos a sellar el ingreso a Venezuela; después de ello paseamos un poco y regresamos a Colombia caminando sin ningún inconveniente,  algo digno de mencionar a sabiendas que muchos dan cuenta de los mil y un inconvenientes que han tenido en la frontera con la guardia venezolana.

Respecto a San Antonio del Táchira, qué les puedo decir, una zona  llena de muchos comercios pero muy destartalada por decirlo de alguna manera,  basura por las calles y una sensación de caos, que al final me dejo un sinsabor, así que es de esos lugares a los que personalmente no añoro regresar.
En cuanto a Cúcuta me pareció una ciudad anodina, no sé si fue porque  no buscamos en las guías de turismo que había para hacer y simplemente nos dejamos llevar por el hecho de que fuimos hasta allí  a hacer una diligencia, de tal suerte que lo único que hicimos en plan turistas fue tomarnos unas fotos en el parque que está justo en la frontera y volvimos a migración Colombia para sellar la entrada al país.

Al medio día,   almorzamos en uno de los muchos restaurantes de mariscos que habían cerca del hotel (algo muy llamativo para mi siendo que Cúcuta no es una ciudad costera) una deliciosa cazuela de mariscos;  y dando  por cumplida la misión del viaje  y con dinero suficiente para estar un par de días más de paseo, decidimos que podríamos hacer  la ruta de regreso con escalas para conocer otras ciudades que nos quedaban de camino a Cartagena y así las cosas, el viaje se fue poniendo más interesante : ¿conocer más lugares sin haberlo planeado? ¡Allá vamos!

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